Hay otra Galicia... y está a diez mil kilómetros


Cuando uno aterriza en Ezeiza, el bullicioso aeropuerto de Buenos Aires, tiene sobre las espaldas trece horas de avión y eso que los cursis y los pedantes llaman jet lag. Un invento que se resume en mucho sueño atrasado y un cierto descoloque por el cambio horario. Nada que no arregle una ducha y un bifé de lomo al estilo bonaerense.

Otras dos sensaciones asaltan al viajero. Si es gallego, percibe una extraña familiaridad. A pesar de estar a 10.000 kilómetros de casa, Galicia está presente en cada esquina de la capital federal. La otra sensación que invade al recién llegado es una duda: ¿Buenos Aires se parece más a Europa o América?

Para fulminar tanta sensación, uno se echa sin mayores atajos a la ciudad, para palpar cuanto antes el ambiente, la atmósfera, eso que se conoce, en plata, como la calle. En Buenos Aires, que se alzó sobre los hombros de los emigrantes italianos y gallegos, todo resulta excesivo. También lo que aquí entendemos como calle. La avenida 9 de Julio, donde se levanta el emblemático Obelisco, es con sus 150 metros una de las más anchas del mundo y la Rivadavia, con 35 kilómetros de longitud y 27.000 portales, pasa por ser una de las más largas del planeta.

En una ciudad extremadamente grande (tanto en superficie como en caos de tráfico) conviene seleccionar bien los puntos a visitar y cómo desplazarse. Los colectivos (buses), el Subte (el metro) y los taxis funcionan relativamente bien y no son caros -el cambio (diez pesos por un euro) favorece al turista europeo-, pero el paseo también es una opción muy recomendable para las distancias cortas.

Si uno parte, por ejemplo, del omnipresente Obelisco de la avenida 9 de Julio, puede dar una muy recomendable caminata hasta varios de esos lugares que hay que pisar ineludiblemente al estar del lado de allá del Atlántico: el Teatro Colón (un fastuoso coliseo operístico), la avenida de Mayo, con parada obligada en la Casa Rosada y en el número 825, donde se levanta el maravilloso Café Tortoni (fundado en 1858), que todavía hoy guarda memoria de la peña gallega que allí formaban, entre otros, Luis Seoane, Arturo Cuadrado o Rafael Dieste; y, en la dirección, opuesta, subiendo la avenida Rivadavia, el Congreso de la Nación y el histórico Café de los Angelitos, un local que combina sabiamente el tango y la formidable carne a la brasa argentina.

También a tiro de piedra está la avenida Corrientes, con sus escenarios (hay que detenerse a contemplar el mural de Luis Seoane en el Teatro Municipal General San Martín), sus magníficas pizzerías (la muy recomendable Guerrin) y sus fascinantes librerías (la de la editorial Losada es una perdición para los bibliófilos, que también pueden hallar primeras ediciones y rarezas en los puestos de viejo de la avenida Santa Fe).

Hay que perderse también por el barrio de Recoleta y, sobre todo, por San Telmo, que el domingo se convierte en un gigantesco mercadillo al aire libre y donde es inevitable la foto junto a la escultura de una nativa llamada Mafalda (ojo, siempre hay cola para el posado). También en la República de San Telmo está el Museo de la Emigración Gallega.

De San Telmo se puede bajar a la antigua zona portuaria, Puerto Madero, que tras ser el área más degradada de la ciudad, a golpe de dólar y de peso se ha convertido en la más cara y finolis de la capital federal. No muy lejos, en La Boca, está un templo. Lo llaman la Bombonera y es el estadio del Boca Juniors.

El símbolo de la ciudad se alza en el cruce de Corrientes y 9 de Julio

Mural de Luis Seoane en el teatro municipal General San Martín

Raúl Rodríguez, de origen gallego, en su puesto de la avenida Santa Fe

Los domingos un gigantesco mercadillo toma el barrio de San Telmo

Tras una fuerte inversión, la zona portuaria es ahora el barrio más caro

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