Un investigador gallego imita la estrategia de supervivencia de un gusano para tratar el ictus

Raúl Romar García
r. romar REDACCIÓN / LA VOZ

ALEMANIA

H. M.

Prueba en modelos animales que el ácido glicólico protege contra el infarto y logra recuperar en su totalidad las neuronas del área de penumbra en la que se produce el ataque, clave para reducir la mortalidad y las secuelas

15 dic 2021 . Actualizado a las 18:57 h.

Lo peor del ictus no siempre es el primer golpe. Cuando los coágulos que se forman en la sangre bloquean los vasos principales que irrigan el cerebro, las neuronas se mueren en el núcleo donde se produce el ataque. Pero muchos pacientes sobreviven. Queda, sin embargo, una segunda embestida. La que afecta a la zona adyacente del infarto cerebral, la penumbra. Que la progresión de la lesión se frene a tiempo después de que los cirujanos eliminen mecánicamente el coágulo puede ser la diferencia entre la vida y la muerte, pero también, y lo que no es menos importante, de la gravedad de las secuelas de una enfermedad que supone la segunda causa de muerte en España, con entre 110.000 y 120.000 afectados al año, y la primera de discapacidad adquirida en adultos.

Salvar la denominada área de penumbra isquémica manteniendo la viabilidad de las neuronas se convierte en ese momento en la absoluta prioridad. Pero no existen fármacos neuroprotectores para ello. ¿Cómo obtenerlos? Siguiendo la estrategia de supervivencia de un gusano, el nematodo C. elegans. Es la táctica que ha empleado con éxito en modelos animales de ratón y de cerdo un equipo liderado por el investigador gallego Francisco Pan-Montojo Puga, neurólogo y psiquiatra en el hospital Ludwig-Maximillian de la Universidad de Múnich en un trabajo publicado en la revista científica Advanced Science.

 «Nuestro tratamiento no solo protege el 100 % de la penumbra, la parte del infarto que tiene un poco de irrigación sanguínea de otras arterias, pero que acaba muriendo a pesar de la recanalización en un 70 % de los casos, sino que, además, reduce el núcleo del infarto cerebral, lo que conlleva un menor tamaño final y menos daños neurológicos».

Pero, ¿cuál es la clave del tratamiento? El ácido glicólico, que la industria cosmética suele utilizar en tratamientos de regeneración de la piel. ¿Y qué relación guarda con el gusano? Pues que imita su estrategia de supervivencia. El gusano puede resistir incluso a la desecación, para lo que detiene y reduce su metabolismo. Luego, cuando entra de nuevo en contacto con el agua, se rehidrata y vuelve a una vida plena.

Cuando el gusano detecta que disminuye la humedad y se va a secar, aumenta la expresión de un gen, el Park 7, cuyo producto es una enzima que convierte el glioxal y metilglioxal en ácido glicólico y en D-lactato. Es lo que le permite sobrevivir.

En esta especie de metamorfosis el ácido glicólico reduce la cantidad de calcio que entra en la célula durante la rehidratación, produce glutatión reducido, un potente antioxidante, y protege la función mitocondrial para defenderse frente a las toxinas ambientales y mantener la energía.

Efecto protector

Este mismo efecto protector observado en los gusanos es lo que se ha visto también en los animales a los que se le indujo un accidente cerebrovascular y que luego fueron tratados con ácido glicólico, tras probarlo previamente en modelos in vitro. En todos ellos la recuperación de las neuronas fue espectacular. Más llamativo aún fue el caso de los cerdos, que mantienen una morfología cerebral similar a la humana. En el tratamiento, los investigadores comprobaron que hasta el 100 % de todas las células nerviosas en la penumbra podrían protegerse después de la administración de la molécula. O, lo que es lo mismo, el tejido cerebral amenazado por la expansión del infarto cerebral logró salvarse.

 «Demostramos que el efecto protector del ácido glicólico se basa principalmente en contrarrestar los aumentos de calcio en las células dependientes de los accidentes cerebrovasculares», apunta Pan-Montojo, que dirigió a un equipo internacional integrado también por la LMU Klinikum, el hospital Charité de Berlin y la Universidad de Maryland (EE.UU.). «Salvamos entera el área de penumbra y un 20 % de las células del núcleo afectado. De esta forma, la supervivencia de los pacientes no solo será mayor, sino que se minimizan las lesiones neurológicas permanentes y su recuperación es más rápida», añade.

Tan convencido está de su propuesta que ha creado una empresa, Neurevo, dependiente del centro en el que trabaja, para intentar probar su tratamiento en ensayos clínicos en humanos. Dado que el ácido glicólico es tóxico, el grupo diseñó una formulación que ha patentado para que resulte completamente inocuo en el cerebro. «Estamos muy contentos con los resultados —dice— y ahora estamos buscando inversores, tanto públicos como privados, para probar su función neuroprotectora en la clínica.

El compuesto neuroprotector también lo han probado para otras enfermedades neurológicas como el párkinson —«y funciona muy bien», según el investigador— y se hará lo propio para el ELA.

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R. Romar

El párkinson empieza en el intestino. La enfermedad neurodegenerativa, que afecta a entre el 1% y el 3% de la población mayor de 65 años, se produce por la muerte de las neuronas dopaminérgicas en la sustancia negra del cerebro, pero cómo comienza el proceso y cómo se desarrolla es algo que todavía se desconoce. Ahora, una investigación liderada por el investigador gallego Francisco Pan-Montojo Puga, que está terminando su tesis en un programa internacional de doctorado del Instituto Max Planck y la Universidad Politécnica de Dresde, al que accedió a través de una beca de la Fundación Pedro Barrié de la Maza, acaba de demostrar en ratones que la afección nerviosa se inicia en el sistema nervioso entérico (intestinal) y, a partir de ahí, se propaga hasta el cerebro. En un trabajo que hoy publica la revista científica Plos One establece por primera vez un modelo animal que reproduce la totalidad de la patología observada en seres humanos y su progresión.

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