El retratista que revivía a los muertos

Juan Ventura Lado Alvela
j. v. lado CEE / LA VOZ

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En Corcubión se exponen fotografías de difuntos realizadas por el muxián Ramón Caamaño; muchas eran enviadas a América para que los emigrantes supieran de los suyos

01 nov 2014 . Actualizado a las 12:27 h.

Vistas con ojos del siglo XXI sorprenden, impresionan e incluso invitan a fruncir el ceño porque se podrían considerar de muy mal gusto, pero cumplían una función, tienen inmensos significados familiares y son testigos de la historia. Los retratos de difuntos realizados por el reconocido fotógrafo muxián Ramón Caamaño Bentín que estos días se exponen en la Capilla del Pilar de Corcubión y que han recorrido medio país, además de servir como base de una tesis doctoral, hablan de otro tiempo en el que las noticias más trascendentales de la vida, y de la muerte, llegaban a veces por barco con semanas de retraso.

Como explica Chete Pose, yerno del cronista gráfico más grande y productivo que ha dado la Costa da Morte, «estas imaxes tiñan un valor case como de documento, porque daban conta de feitos principais para as familias, como un nacemento, unha voda ou neste caso unha defunción».

Datan de los año 20, 30 y algunas de los 40, cuando se produjo el grueso de la emigración a América, y en los que, para los expatriados, recibir una fotografía de su tierra era siempre un acontecimiento, aunque tuviese carácter luctuoso.

La memoria de las identidades se fue con Caamaño, fallecido en el 2007 a los 98 años, y hoy resultaría casi imposible rescatar las historias particulares de los retratos -él sí las sabía porque almacenaba en su cabeza los datos de cada imagen con precisión enciclopédica- y tampoco importa mucho porque, como dice Pose, «hasta da algo de cousa poñerse a mirar eses detalles de familias».

Lo que está claro es que responden a una concepción distinta, solemne y con un punto estético de la muerte. Caamaño, que se ganaba la vida retratando vivos, vendiendo fotos a peseta en el frente aragonés de la Guerra Civil o llevando el cine por los pueblos, preparaba mucho todo lo que hacía. Absolutamente autodidacta y espoleado hacia la imagen cuando conoció a la fotógrafa americana Ruth Matilda Anderson en Muxía en 1924, preparaba desde sus propios ingenios para las cámaras hasta los líquidos de revelado -algo que hoy se nota en la calidad y durabilidad de los trabajos-, con lo que las escenas no iban a ser menos. Así, estos días en Corcubión se pueden observar retratos de niños, ancianos, incluso familias entorno a los féretros, compuestos por decoraciones floridas, las mejores telas de la casa y elementos de la liturgia católica.

Para Senén Insua, de la Universidade Cromática das Virtudes, que organizó la exposición, indican que «a morte non era quizais o tabú no que se converteu hoxe». Una limitación social, que los miembros de la Universidade -un grupo de chavales que organiza simposios de filosofía en un pueblo de 1.700 habitantes- quisieron romper ayer, con la propia exposición y con un espectáculo complementario.

Así, entre los cuadros de la muestra de Caamaño, organizaron un banquete de difuntos, con representación teatral, cortos de terror y cuentos de Poe o Dumas. Incluso dispusieron un photocall para sacarle la punta más terroríficamente divertida a una celebración, que se llame Samaín, Halloween o como coincida en cada latitud, sirve para reírse por un día de la muerte, antes de que esta lo haga de todos y cada uno de los presentes.

«Estas imaxes tiñan valor de documento, daban conta de feitos principais»