Mark Adkinson vende casas deshabitadas en el rural a clientes de todo el mundo
27 abr 2014 . Actualizado a las 19:27 h.Galicia fue, y sigue siendo, tierra de emigrantes que hacen las maletas para buscar un futuro mejor lejos. Pero Galicia también es tierra de acogida, como demuestran los miles de extranjeros que se han asentado aquí en las últimas décadas. Muchos han echado raíces, como Mark Adkinson, un perito agrícola originario de Manchester que llegó hace cerca de cuatro décadas. «Los gallegos seguís sin apreciar lo que tenéis», confiesa el hombre, que además de tener una empresa que vende casas deshabitadas en el rural a clientes de todo el mundo, preside la asociación ecologista Ríos con Vida, responsable, entre otras hazañas, de que O Ézaro recuperase la cascada del Xallas. «Me encanta la desbordante naturaleza gallega, y sobre todo la actitud de la gente, que conmigo ha sido muy buena, muy abierta a la gente de fuera», valora. «Nunca fui hombre de ciudad, toda la vida he estado en el campo y la pesca ha sido mi perdición, aunque hoy la practico sin muerte: pesco, saco foto y devuelvo la pieza al río». Mark es padre de tres hijas y vive en una casona de Rábade que restauró de arriba a abajo mano a mano con su mujer, que trabaja como veterinaria en Castro de Rei. Tras una estancia de tres años en Huesca, y después de haber trabajado en Francia para «la mayor empresa de selección porcina del mundo», cuando se estableció en Galicia trabajó en mataderos y granjas -su suegro dirigió la industria cárnica Frigsa-. Pero hace unos años que el desgaste que sufre en las caderas lo obligó a cambiar de ocupación. «En ese momento me dije: ?¿Qué conozco? Restauración de casas, hablo idiomas y me llevo de puta madre con todo el mundo», sonríe, y en eso sigue.
También sonríe sin parar Tatiana Pankratova, una bielorrusa de ojos cristalinos que está más que integrada en la Costa da Morte. Recuerda los problemas de comunicación del principio, que resolvió en muy poco tiempo. Y tras el castellano, llegó el gallego. «Lo entiendo perfectamente, pero hablarlo no me sale. Aunque ver una película en gallego o en castellano ya me da igual. De hecho a veces uso palabras que ya no sé si es una lengua u otra», bromea. En la conversación le salen dos en gallego: un «non» y un «xente». De Galicia todo le sorprendía: desde el marisco (lo probó aquí por primera vez) hasta la enorme cantidad de pescado fresco. «Allí es todo ahumado y salado, así que imagina. Después, la carne, con tanta variedad. Aquí se come muy bien y ahora que he viajado más, lo sigo diciendo. Como en Galicia no sé come en ningún lado». Si tuviese que buscar alguna cosa positiva, quizás podría ser que falla algo el tiempo, «porque en mí país tenemos estaciones». Pero al tiempo que acaba la frase Tatiana sonríe: «Los gallegos siempre se quejan del tiempo... ¡Ves como ya soy gallega!». Otro hábito distinto: «Aquí se sale mucho, allí somos más de hacer reuniones en las casas de los amigos».