Dos gallegos y Buñuel padre

Los propietarios de Cuba en 1958. Así titula el historiador Guillermo Jiménez su diccionario enciclopédico sobre la oligarquía económica de la isla en vísperas de la revolución castrista.


El aragonés Leonardo Buñuel González, propietario de un establecimiento de ferretería en La Habana, embarcó con destino a España el 20 de abril de 1898. El régimen colonial, a cuyo sostén había contribuido como corneta del ejército, se desmoronaba y la isla era un polvorín en llamas. Dos meses atrás, los sólidos cimientos de su ferretería habían retumbado con la explosión del acorazado Maine, que sembró de cadáveres las aguas del puerto y prendió la mecha del conflicto hispano-estadounidense. Tres días después de su marcha, todavía con la silueta del Morro habanero prendida en la retina del retornado, Estados Unidos declaraba la guerra a España.

Leonardo Buñuel aprovechó el tiempo en su Aragón natal. Pocos meses después de su llegada, contrajo matrimonio con María Portolés Cerezuela. La novia, hija del dueño de la única fonda del pueblo turolense de Calanda, tenía 18 años. El novio frisaba los 45. Su luna de miel transcurrió en París y posiblemente allí, escenario por esas fechas de los primeros balbuceos del cinematógrafo, engendraron a su primer hijo: Luis Buñuel Portolés. El cineasta de renombre universal nació diez meses después de la boda de sus padres.

Antes de que el vástago cumpliera su primer año, en noviembre de 1900, Leonardo Buñuel regresa a Cuba para interesarse por la marcha de su negocio. En su ausencia, había confiado la administración a dos de sus empleados: los gallegos Segundo Casteleiro Pedrera, como apoderado y responsable de la firma, y Gaspar Vizoso Cartelle, como jefe de almacén. Y tan satisfecho queda el aragonés de la gestión llevada a cabo por sus subordinados, que decide fundar con ellos una sociedad colectiva. Leonardo, socio comanditario, aporta 77.700 dólares de capital y los gallegos, que asumen la gerencia, los 5.000 dólares que han conseguido ahorrar cada uno. Nace así, en agosto de 1901, la compañía Casteleiro y Vizoso, SC.

RELATO AUTOBIOGRÁFICO

Segundo Casteleiro legó a sus hijos, además de una fortuna de enormes dimensiones, un sintético relato de su vida, en cuya cubierta plasmó una cita de Goethe: «Una vida ociosa es una muerte anticipada». El texto, titulado Para mis hijos y reproducido en A Tenencia, revista que edita la Agrupación Instructiva de Caamouco (Ares), constituye una precisa brújula para explorar la trayectoria del emprendedor. Nacido en A Coruña, donde estudió primeras letras y tres cursos de bachilletaro, emprendió rumbo a Cuba con solo dieciséis años. Atrás dejaba a una madre «buena y amantísima» y un padrastro «demasiado severo» del que no guardaba «un recuerdo del todo apacible». Y también arrumbado su propósito de seguir la carrera militar al saber que la paga de un oficial no alcanzaba «para sostenerse con decoro».

Aquel joven no era uno más de los desaharrapados y analfabetos emigrantes que atiborraban las bodegas de los buques transoceánicos. Viajó en camarote de segunda clase, llevaba cartas de recomendación en la maleta y veinte duros en el bolsillo. En el muelle de La Habana lo esperaba, además, la hospitalidad de un cubano desconocido: era hermano suyo, fruto de un primer matrimonio de su padre. «En verdad», escribió Casteleiro en sus memorias, «yo no comencé, por tanto, la emigración por su fase más depresiva y más avivadora de la súbita y prologal nostalgia».

Acomodado en casa del hermano recién descubierto, Casteleiro se pone a trabajar de inmediato. Primero, como humilde dependiente de un establecimiento de joyería, cristalería y porcelanas finas llamado El Fénix. Y poco después, a desde 1892, como auxiliar de tenedor de libros en el almacén de ferretería que lo catapulta al éxito. Allí se encuentra con el mugardés Gaspar Vizoso -«un magnífico y valeroso compañero»-, con quien rápidamente congenia, comparte sueños y acaba emparentando al casarse ambos con dos hermanas cubanas.

LA EXPANSIÓN DEL NEGOCIO

La ferretería había sido fundada por emigrantes cántabros y cambia de razón social a medida que Buñuel va desplazando a los montañeses: Cagigal y Compañía, Cagigal y Buñuel y, al final, simplemente Leonardo Buñuel. Después, ya bajo la rúbrica de Casteleiro y Vizoso y con los gallegos al timón, la empresa crece como la espuma. El establecimiento dispone de un extenso surtido de productos: maquinaria agrícola y alambre para cercas, efectos navales y cajas de seguridad, máquinas de coser y de escribir... El dúo trabaja sin descanso y la expansión se ve favorecida por la fiebre de reconstrucción que se apodera del país tras su independencia.

Paralelamente la firma se galleguiza y su cuadro de mando se amplía con emigrantes y parientes llegados de la comarca ferrolana. Ernesto López Naveiras, el estudioso que mejor conoce los entresijos de la emigración de Caamouco, enumera hasta dieciséis destacados directivos de la compañía: diez procedentes de Redes (Ares) y seis de Franza (Mugardos). Los apellidos Casteleiro, Vizoso, Bello, Calvo o Sanjuán se entrecruzan formando un encaje claramente endogámico.

BUÑUEL, APARTADO

En 1911, tras permanecer una década como socio capitalista de la firma que regentan sus exempleados, Leonardo Buñuel es apartado de la sociedad. El aragonés, «hombre sobrio, de cierta cultura y muy serio», según Casteleiro, viaja a Cuba para renovar su participación y no lo consigue. Y queda amargamente dolido. Lo cuenta su hijo Luis: «Olía que algo iba a pasar en Europa, seguramente la guerra, y quería dejar su dinero fuera. Pero volvió a los tres meses, desencantado y furioso porque sus antiguos empleados no quisieron admitirle. Nunca le vi más desengañado». Los gallegos, ya al frente de un vasto imperio, volaban solos.

Membrete de la firma Casteleiro y Vizoso en 1929, interior del establecimiento de ferretería en 1918 y retratos de Segundo Casteleiro, Gaspar Vizoso y Lorenzo Buñuel (este, con uniforme militar) | Fotos reproducidas de «a tenencia»

Membrete de la firma Casteleiro y Vizoso en 1929, interior del establecimiento de ferretería en 1918 y retratos de Segundo Casteleiro, Gaspar Vizoso y Lorenzo Buñuel (este, con uniforme militar) | Fotos reproducidas de «a tenencia»

Membrete de la firma Casteleiro y Vizoso en 1929, interior del establecimiento de ferretería en 1918 y retratos de Segundo Casteleiro, Gaspar Vizoso y Lorenzo Buñuel (este, con uniforme militar) | Fotos reproducidas de «a tenencia»

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