Dos gallegos y Buñuel padre

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Los propietarios de Cuba en 1958. Así titula el historiador Guillermo Jiménez su diccionario enciclopédico sobre la oligarquía económica de la isla en vísperas de la revolución castrista.

27 mar 2014 . Actualizado a las 12:07 h.

El aragonés Leonardo Buñuel González, propietario de un establecimiento de ferretería en La Habana, embarcó con destino a España el 20 de abril de 1898. El régimen colonial, a cuyo sostén había contribuido como corneta del ejército, se desmoronaba y la isla era un polvorín en llamas. Dos meses atrás, los sólidos cimientos de su ferretería habían retumbado con la explosión del acorazado Maine, que sembró de cadáveres las aguas del puerto y prendió la mecha del conflicto hispano-estadounidense. Tres días después de su marcha, todavía con la silueta del Morro habanero prendida en la retina del retornado, Estados Unidos declaraba la guerra a España.

Leonardo Buñuel aprovechó el tiempo en su Aragón natal. Pocos meses después de su llegada, contrajo matrimonio con María Portolés Cerezuela. La novia, hija del dueño de la única fonda del pueblo turolense de Calanda, tenía 18 años. El novio frisaba los 45. Su luna de miel transcurrió en París y posiblemente allí, escenario por esas fechas de los primeros balbuceos del cinematógrafo, engendraron a su primer hijo: Luis Buñuel Portolés. El cineasta de renombre universal nació diez meses después de la boda de sus padres.

Antes de que el vástago cumpliera su primer año, en noviembre de 1900, Leonardo Buñuel regresa a Cuba para interesarse por la marcha de su negocio. En su ausencia, había confiado la administración a dos de sus empleados: los gallegos Segundo Casteleiro Pedrera, como apoderado y responsable de la firma, y Gaspar Vizoso Cartelle, como jefe de almacén. Y tan satisfecho queda el aragonés de la gestión llevada a cabo por sus subordinados, que decide fundar con ellos una sociedad colectiva. Leonardo, socio comanditario, aporta 77.700 dólares de capital y los gallegos, que asumen la gerencia, los 5.000 dólares que han conseguido ahorrar cada uno. Nace así, en agosto de 1901, la compañía Casteleiro y Vizoso, SC.

RELATO AUTOBIOGRÁFICO

Segundo Casteleiro legó a sus hijos, además de una fortuna de enormes dimensiones, un sintético relato de su vida, en cuya cubierta plasmó una cita de Goethe: «Una vida ociosa es una muerte anticipada». El texto, titulado Para mis hijos y reproducido en A Tenencia, revista que edita la Agrupación Instructiva de Caamouco (Ares), constituye una precisa brújula para explorar la trayectoria del emprendedor. Nacido en A Coruña, donde estudió primeras letras y tres cursos de bachilletaro, emprendió rumbo a Cuba con solo dieciséis años. Atrás dejaba a una madre «buena y amantísima» y un padrastro «demasiado severo» del que no guardaba «un recuerdo del todo apacible». Y también arrumbado su propósito de seguir la carrera militar al saber que la paga de un oficial no alcanzaba «para sostenerse con decoro».

Aquel joven no era uno más de los desaharrapados y analfabetos emigrantes que atiborraban las bodegas de los buques transoceánicos. Viajó en camarote de segunda clase, llevaba cartas de recomendación en la maleta y veinte duros en el bolsillo. En el muelle de La Habana lo esperaba, además, la hospitalidad de un cubano desconocido: era hermano suyo, fruto de un primer matrimonio de su padre. «En verdad», escribió Casteleiro en sus memorias, «yo no comencé, por tanto, la emigración por su fase más depresiva y más avivadora de la súbita y prologal nostalgia».