La organización emigrante es una de las instituciones que fundó en el año 1975 una de las grandes celebraciones de la cultura y letras hispanas.
06 may 2011 . Actualizado a las 11:53 h.Más de cien años lleva en pie, brindando su servicio a la colectividad gallega, el Centro Gallego de Buenos Aires. En su momento, en los años cincuenta del siglo pasado, contaba con más de 110.000 socios y su nombre y su impronta se hacían patentes más allá de las fronteras argentinas. Hoy en día pagan su cuota poco más de 13.000 personas. Los tiempos son otros, no tan boyantes en lo económico, y el mar hace ya varias décadas que dejó de traer barcos repletos de emigrantes. Pero el emblemático edificio de la Avenida Belgrano, su ubicación actual, se sigue prestando como cobijo sanitario y cultural para todo aquel que lo desee.
Con la Feria Internacional del Libro de la capital porteña a punto de tocar a su fin, pocos saben que el Centro Gallego fue una de las instituciones fundacionales que, en el año 1975, convinieron la organización anual de un encuentro entre las editoriales, los escritores y los lectores argentinos, a través de la Fundación El Libro. Un evento que actualmente se ha convertido en una de las grandes celebraciones de la cultura y las letras hispanas. Ediciones Galicia fue el sello que durante muchos años acompañó la publicación de los títulos más sobresalientes de Castelao, Blanco Amor, Otero Pedrayo, Manuel María o Paz Andrade cuando en Galicia la censura franquista impedía la difusión de obras escritas en gallego.
Acariciando las cuarenta ediciones después, 37 exactamente, el Centro Gallego sigue teniendo un lugar privilegiado en el Predio Ferial La Rural de Buenos Aires. La localización de su stand, compartido con la Xunta desde 1986, es una de las primeras en ser elegidas por ser una de las entidades que más participaciones suma en su haber. Manuel Rey, secretario administrativo del Instituto Argentino de Cultura Gallega durante las casi cuatro décadas que el Centro lleva en la Feria, (hoy ya jubilado) habla orgulloso de la institución que significó su vida: «O Centro Galego foi a representación da Galicia ideal na emigración. E nel a cultura sempre foi unha das grandes preocupacións, non así a política. Nunca se fixo política dentro das súas instalacións. Sempre se mantivo na imparcialidade. Por iso nunca ondexou ao carón da galega a bandeira republicana nin a española nos corenta anos que durou a dictadura. Iso sí, polo que sempre loitou foi polo galeguismo», explica Manuel que continúa acudiendo puntual a su cita, cada tarde, con los libros de la feria. «Cando me xubilei pedíronme que seguise colaborando e eu pedín abrir o recuncho da librería do Centro que xa levaba tempo pechado. E alí estou. Sempre rodeado de libros», puntualiza.
Ahora, cuando ya no desfilan por sus dependencias los escritores e intelectuales más en boga de la cultura gallega, como ocurría antaño, cierto halo de nostalgia queda entre quienes vivieron sus épocas de bonanza. «Agora xa non veñen nin os políticos polos votos pero por aquí pasaron os mais grandes pensadores da nosa lingua. Co tempo todo foi a menos. Hoxe estamos en decadencia pero aínda non morremos. Ninguén pode esquecer que cando Galicia non podía ser Galicía en España, érao aquí no Centro Galego, viches», destaca este ourensano de A Peroxa, con morriña, en su buen gallego adornado con ciertas expresiones porteñas.
Gracias a las consignaciones ofrecidas por algunas editoriales así como por algunos escritores particulares, Víctor Freixanes o Manuel Rivas entre otros, y a las donaciones anteriores de la Xunta, el stand de la literatura gallega sigue teniendo un amplio repertorio que ofrecer a los lectores argentinos. «La gente nos pregunta mucho más por los clásicos que por los autores contemporáneos. Pero lo que concita más interés, si cabe, son los diccionarios y los mapas de Galicia», especifica Gabriela Aquino, responsable de la biblioteca del Centro Gallego.
Las circunstancias actuales no invitan al optimismo ni auguran un futuro con el relumbrón que sí tuvo su pasado. Primero con el receso paulatino en la llegada de emigrantes y más recientemente con la aparición del llamado «Corralito», en el año 2002, el Centro Gallego ha sufrido serios varapalos económicos que propiciaron, en su momento, la intervención del gobierno autonómico en su gestión. Una década después, con el consabido envejecimiento de sus socios y con las altas registrándose a cuentagotas su financiación sigue quedando en entredicho. Por todo ello, la viabilidad de este testigo aventajado de la diáspora gallega «en las Américas» pasará, quizás, por la tercerización de sus servicios médicos hacia particulares u obras sociales de empresas que alivien las arcas de la institución. El riesgo de desvirtuar una de sus principales condiciones estatutarias, la mutualidad, no es sino un mal menor para mantener viva, por muchos años más, una de las páginas más ilustres de la historia de la Galicia que cruzó el océano.