Juan Diego Tome, rinde un emocionado homenaje al cilcista Modesto Sánchez Alba
17 mar 2008 . Actualizado a las 18:28 h.El anuncio del fallecimiento de Dña. Avelina Losada Nine en Cambados, el pasado mes de diciembre, ha tocado profundamente el corazón de Juan Diego Tome Rodríguez, a más de 5.000 kilómetros de distancia. El emigrante de 33 años reside desde hace 18 en Estados Unidos y aunque no haya regresado a Galicia desde entonces, uno de sus mejores recuerdos de la terriña tiene que ver con el nombre que ha leído en una esquela en Internet. La señora de 77 años era esposa de su entrenador de ciclismo, Modesto Sánchez Alba, que es una referencia del deporte gallego y responsable por entrenar a Álvaro Pino y Jesús Blanco Villar.
Juan Diego nos ha hecho llegar una emocionada carta sobre en homenaje al maestro del ciclismo gallego que merece la pena ser leída.
«Esto lo escribo con mucho cariño desde fuera de nuestras tierras para para una persona que toco la vida de muchos ciclistas de nuestra zona: Modesto Sánchez Alba. Su mujer acaba de fallecer y no sé cómo agradecer todas aquellas horas que dedicó a chavales como yo.
Nací hace treinta y tres años en Cambados. Mi vida fue ir saltando de pueblo en pueblo, de casa en casa por distintas circunstancias y nunca logre tener un cariño especial a cualquier otro lugar. Hasta el momento tuve el placer o desgracia de vivir en nueve hogares diferentes.
Fui un niño lleno de energía viviendo libre en la aldea de Caleiro. Quizás mis años ahí los puedo resumir en una tarde interminable de jugar al fútbol. Los sábados me los pasaba entre dos porterías desde que se levantaba el sol hasta no poder ver el balón por la oscuridad de la noche. Lo malo es que mi padre me prohibió jugar desde lo nueve anos pero yo seguí sin que el enterase.
Era difícil explicarle a mi madre porque todos el zapato de el pie derecho se le gastaba tanto la punta, o porque llegaba a casa con los zapatos mojados. Después de jugar me paraba en un pequeño riachuelo y lavaba los zapatos para que mi madre no viese el barro y las marcas del balón incrustadas en el antepié.
Mi padre no me dejaba jugar al fútbol por mi propio bien. En aquel entonces practicaba el ciclismo y el fútbol era un deporte contraproducente. El ciclismo es un deporte al que le debo mucho. No solo te aprende a sufrir sino a tener paciencia en esas etapas largas, tener pundonor, constancia, sacrificio y sobre todo humildad. Desde los primeros días encima de una bicicleta fui guiado por lo que yo considero mi gran maestro, mi entrenador, Modesto Sanchez Alba (Teto).
Teto es un hombre avanzado en edad. En su cara se puede ver como las arrugas de su piel cuentan una historia, una lucha, la experiencia de la vida. Sus grandes y anchas gafas disfrazan un poco unos ojos que reflejaban el dolor de vivir en una época de la historia de España que pocos quieren recordar. El joven ciclista, en aquel entonces, estaba entrenando, los pedales no le daban mas, lanzado cuesta abajo, gracias a la grande pendiente de una de los tantos montes de Galicia, Teto envistió contra un camión. Se salvo, pero desde ese momento su vida cambio. Dejo la de montarse en la bicicleta y se dedico a fabricarlas y aconsejar a los futuros ciclistas de el pelotón español.
Yo no llegue tan lejos. Mi vida dio un giro de ciento ochenta grados cuando a los quince anos y en contra de mi voluntad emigré junto a mi familia hacia los Estados Unidos. Nunca me olvido de los consejos que me dio Teto a lo largo de mi vida ciclista. Todas las tardes me reunía, junto a mis compañeros, con el, para hablar sobre el entrenamiento diario. Los minutos se iban rápido. Sus historias y anécdotas dejaban mudos a un grupo de chavales que miraban hacia el vació y veían plasmadas las imagines que pintaba cada palabra qué decía el gran maestro. Sus lecciones tenían muy poco que ver con ciclismo y mucho con la vida en si. Estas lecciones me ayudaron a sobrevivir innumerosas tardes de angustia en un país en el que no quería estar.
Mi primera salida fue tratar de conseguir montar en una bici lo antes posible. No fue fácil. Pocas semanas después de llegar al nuevo país me ofrecieron un trabajo en un restaurante. Al cabo de ano y medio conseguí suficiente dinero como para comprarme mi bicicleta. Me compre un rodillo (un aparato en donde podía montarme encima de la bici y pedalear sin moverme del sitio). Todos los días me entrenaba e imagina que rodaba por aquellas carreteras de Galicia que yo conocía a la perfección. Soñaba que por el camino me encontraba con mis amigos y familiares saludándolos al pasar. De vez en cuando incluso sonaba que estaba en una de las tantas carreras que se hacían en los pueblos de toda Galicia. Una vez acabado el entrenamiento la realidad me ponía en mi lugar, otra vez encerrado entre esas cuatro paredes, sonando con tocar a uno de los aviones que pasaban delante de mi ventana.
Lo pase muy mal lo primeros anos en este país. Las palabras de Teto me ayudaron a ser paciente y seguir luchando pero llego un momento en donde prácticamente lo di todo por vencido. Nunca me olvidare de un verano cuando me encerré en mi habitación y no salí en mas de un mes. Luche conmigo mismo, con todos y contra todos. No encontraba respuestas a preguntas que ni siquiera existían. Un dar y tirar, una guerra imaginaria digna de una batalla campal de Quijote y Sancho Panza. La resolución final fue olvidarme de España. Vivir el día a día y mirar hacia el futuro con esperanza.
Toda mi familia menos yo ( por se mayor de dieciocho anos) tendría la libertad de viajar a nuestra tierra. Así lo hicieron siempre que tuvieron oportunidad. Yo no tuve esa oportunidad hasta doce anos después. Tenia que sacar a España de mi mente, y lo logre, por lo menos por algún tiempo.
Una vez que empecé la Universidad me enterré debajo de mis proyectos de arquitectura. Dibujos, maquetas y conceptos me ayudaron a transportarme a un mundo nuevo. Poco a poco aprendí a olvidar y concentrarme en lo que tenia delante. Fue algo así como ir en mi bici por una pradera larga y llana, en un día soleado con una ligera brisa a mi favor. Mi vida empezó a mejorar ligeramente y con ello mi actitud.
Alguna gente le llama suerte, otra destino, quizás un milagro, pero en ese momento que conocí al Señor Modesto Sánchez Alba mi vida cambio completamente. Le debo todo y mucho mas. Me dio oxigeno y fuerzas. Ahora si me encuentro con alguna montañas las subo pedaleando con fuerza y sin cansarme por las ganas que tengo de ver los valles desde la cima. Todo es mas fácil gracias a el.
Ya dejé la bicicleta hace años. También deje de tocar aviones, de recorrer caminos de mi infancia cerrando los ojos, pelear con mis demonios y sonar con un futuro que ya esta aquí. De alguna forma misteriosa toda mi vida esta atada gracias a un hombre llamado Modesto Sánchez Alba. Gracias es una palabra muy pequeña para lo que el se merece. Desde un Rincón de los Estados Unidos. Sólo soy uno de los quizas miles de chavales que lo escucho cada tarde en su taller.»