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Daniel Couceiro: «La primera regla en la selva es no ir solo: un esguince y estás muerto»

El investigador gallego, de 26 años, dirige un proyecto científico en el Amazonas peruano

oleiros / la voz, 08 de febrero de 2017. Actualizado a las 07:30 h. 0

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Es biólogo. «Soy ecólogo», matiza raudo Daniel Couceiro (Oleiros, 1990). Y está viviendo el sueño de su vida. Lleva un año trabajando en el Amazonas peruano y, a medida que va hablando y contando anécdotas sobre su labor, contagia esa pasión a su alrededor.

-Pero, ¿cómo acabó allí, en medio de la selva?

-Pedí una beca para hacer el doctorado, pero no me la dieron. Así que comencé a buscar fuera de España proyectos relacionados con ecología o aves rapaces. Encontré uno sobre el águila arpía en el Amazonas peruano. Y, después, surgió un trabajo en un albergue de ecoturismo, Refugio Amazonas.

-¿Qué hace un científico en un albergue de turistas?

-Es una empresa privada, pero allí desarrollamos un auténtico proyecto científico en el que, durante alguna fase, se implica a la gente de la calle.

-¿Y qué tal la vida en plena selva? [El albergue está en medio de la selva, cerca de la frontera con Brasil y Bolivia]

-Yo estoy feliz. Pero después de tres meses sin salir de allí sientes la selva como una cárcel, es un lugar muy intenso. Hay que estar fuerte física y emocionalmente, porque, de lo contrario, te acaba minando.

-¿Ya le ha picado algún bicho?

-Tuve dengue y leishmaniasis, por la picadura de un mosquito.

-Suena mal...

-Te transmite un protozoo que te carcome. Me trataron con plomo y antimonio en vena para debilitar al bicho, pero ya siempre lo voy a tener latente. Ahora tengo que tener mucho cuidado. Siempre voy con manga larga, repelentes y no me adentro en el corazón de la selva. La selva virgen es muy dura. Y si coges una enfermedad tropical mejor curarte allí.

-¿Qué es lo peor que le puede pasar allí?

-La primera regla es no ir solo, porque si te pasa algo, como un esguince, estás muerto. No es bueno pasar allí la noche.

-Quizás con algún guía...

-La gente nativa tiene conocimientos para sobrevivir. De hecho, nosotros aprendemos mucho de ellos. Los eseheja llaman a la selva «el monte» y son capaces de oler los monos aulladores a medio kilómetro. O cortar una de las sogas maravillas (lianas) cuando te quedas sin agua para beber su savia, que es una especie de Aquarius concentradísimo. Tienen un basto conocimiento ancestral. A mí me han curado las heridas de los machetes poniéndome la hoja de una planta. 

-¿Y la comunidad nativa acepta bien el albergue?

-En realidad es una red de tres albergues y su política es involucrar a la población local en la conservación de la naturaleza. De hecho, todos los guías que tiene la empresa son nativos.

-La selva es su casa. Nadie sabrá más que ellos, ¿no?

-La selva amazónica se generó hace 60 millones de años, y sigue siendo un misterio con lugares en los que nadie se metió nunca. Ellos te cuentan que en la selva hay espíritus. Y te hablan de chullachaqui, un duende que adopta la forma de una persona que conoces y que te convence para que te adentres en la selva. Lo reconoces porque tiene una pata de ciervo. Lo que hace dudar a un científico es que hay gente extranjera que dice haberlo visto sin tener conocimiento previo del duende. 

-¿Y usted lo ha visto?

-No, yo no. Pero sí un jaguar, después de un año de búsqueda. En la empresa desarrollamos un proyecto para descubrir nuevas especies de insectos y otro sobre aerobotánica con la ayuda de drones. También otro con jaguares, uno de los animales menos estudiados. Hemos colocado cien cámaras trampa en un radio de 200 kilómetros cuadrados que nos ofrecen información sobre sus costumbres.

-O sea, que no es solo un coche...

-[Ríe] Son animales pacíficos. No suelen atacar. No es el peor bicho que te puedes encontrar en la selva.

-Y ¿cuál es?

-La shushupe, una serpiente muy agresiva. Sin antídoto mueres en 24 horas. 

-¿Volverá pronto a Galicia?

-No hay expectativas laborales.

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