«No hay ni un día que no piense en mi tierra: ¡maldita morriña!»

GALERÍA DE EMIGRANTES | Luis Lamela recupera la historia vital de la corcubionesa Beatriz Martínez Trillo


Corcubión, como la mayoría de la Costa da Morte, está acostumbrado a que muchos de sus hijos terminen emigrando para otros lugares de España, o para países extranjeros, dejándolo sin savia, sin brazos, sin energía vital. Un pueblo que «duerme insensible, reclinado en verde colina coronada de pinos, mirándose en las aguas tersas y brillantes de su bahía», como nos dijo el abogado y corresponsal Alejandro Lastres Carrera, en La Voz de Galicia del 1 de junio de 1911.

Por eso traemos hoy a esta sección de Galería de emigrantes las vivencias de una emigrante corcubionesa que hace muchos años se fue, primero para Lanzarote, y luego para el Reino Unido en busca de una aventura que no sabía en que terminaría. Esta expatriada es Beatriz Martínez Trillo, y ella misma nos cuenta su aventura vital y profesional lejos del pueblo que le vio nacer y de la familia, numerosa, que la quiere:

«Para mí lo de moverme de un sitio a otro no fue problema. Antes de marchar a Inglaterra ya tenía la experiencia de haber vivido un tiempo en Lanzarote (cuatro años), ahora sí, arropada por mis hermanos y amigos. Un día en Lanzarote, y después de presentarme a un par de oposiciones para el Servicio de Salud y no tener más oportunidades a nivel profesional que no fuera trabajar de camarera, decidí dar el gran salto y marchar a un país extranjero con las ganas de explorar otro tipo de vida y cultura. Llegué al Reino Unido en el 2001, no conocía a nadie aquí. Gracias a Dios no emigré por hambre sino por curiosidad y por mi deseo de progresar. En principio pensé que si no me iba bien siempre podría volver, ahora pienso que cuanto más tiempo llevo aquí más difícil es volver. Ya han pasado quince años...», decía a principios del año 2016. «Los primeros momentos siempre son duros. El primer choque, la cultura de otro país, y lo más importante: el idioma. Me tenía que convencer a mí misma de que el 80 % de la comunicación no es hablada. Y empecé a ir a clases de inglés y a conocer gente. Y todos los días pensaba: mañana marcho de aquí, es un país oscuro, caro, húmedo y la gente no era especialmente amigable. Pero decidí darle una oportunidad (no soy persona de fácil derrota). Para cubrir mis gastos empecé a trabajar en la cocina de un restaurante, cosa que nunca hiciera antes, y con un salario mínimo. Mi jefe era portugués, al igual que los demás miembros de personal. En definitiva, quienes hacían ese tipo de trabajos eran extranjeros. Y no duré mucho... A principios del año 2002 solicité trabajar de limpiadora en el hospital Radcliffe Infimary, en Oxford. Pensé que una vez dentro de un hospital podría acceder en el futuro a un trabajo mejor y quizás poder dedicarme a algo que había estudiado (cinco años en el centro sanitario de Formación Profesional, en Monte Alto (A Coruña). Soy Técnico Superior en Anatomía Patológica. Estuve limpiando unos cuatro meses y una cosa lleva a la otra: me decidí solicitar trabajo de auxiliar de enfermería en una planta de neurología, con la suerte de conseguirlo. Allí estuve casi cinco años, tiempo que recuerdo con mucho cariño. Tuve la oportunidad de conocer bien a los ingleses y sobre todo a gente de otras culturas, especialmente filipinos e indios, que forman la gran mayoría del personal sanitario de este país. También me dieron una beca para estudiar enfermería e ir a la universidad, cosa que rechacé porque no era una profesión a la que me quería dedicar.

A finales del 2006, el Radcliffe Infirmary de Oxford cerró. Era una gran institución (abrió en 1770) y yo también cerré una de las etapas de mi vida. Cogí casi un año sabático, y me dediqué a lo que más me gusta: viajar. Fueron unos meses maravillosos viajando por todo el continente sudamericano. Volví al Reino Unido con la buena suerte de que a las pocas semanas me ofrecieron un trabajo en un laboratorio de hematología. Esto es lo bueno que tiene este país. Como tengas experiencia y ganas de trabajar tienes la oportunidad de hacerlo. Aquí no existen exámenes, ni oposiciones. Aquí se trabaja por lo que uno vale. Después de un año y medio en hematología comencé a buscar trabajo en laboratorios de anatomía patológica, que es mi especialidad. Estuve cinco años trabajando de practicante asociada en un laboratorio de patología general y casi tres años en un laboratorio especializado en patología de hueso, hasta que lo dejé en septiembre del 2015. En definitiva, todo lo que estudié en España lo puse en práctica en el Reino Unido. ¡Qué pena!

Como soy un culo inquieto, hace unos meses (a mediados de septiembre de 2015) cambié lo clínico por la investigación, algo que conozco bastante bien porque trabajo para la Universidad de Oxford haciendo estudios de investigación en preservación de órganos, y me aventuré a dejar el laboratorio y hacer investigación en el campo de la diabetes, endocrinología y el metatabolismo, que es donde estoy ahora [a principios del año 2016]. Formo también parte de un grupo musical en Oxford, gente al mismo nivel de morriña que yo. Tocamos y cantamos música tradicional gallega con gente de diferentes nacionalidades. En definitiva, a nivel profesional todo lo que hago aquí para mí es inimaginable hacerlo en España. Aquí es donde me valoran y me dan oportunidades laborales; me tratan con respecto y no suelo estar ni un minuto extra en mi trabajo si no es remunerado. A nivel personal ya es diferente, ¡maldita morriña gallega! No hay ni un día que no piense en mi tierra, familia, amigos y en mi querido Corcubión. Siempre me suelen hacer las mismas preguntas. La más popular: ¿piensas volver? Si, yo soy una gallega emigrante modelo, a este paso volveré para retirarme en mi tierra».

Cuatro años después de escribir estas impresiones personales, Beatriz Martínez Trillo sigue en el Reino Unido luchando y esperando que transcurran los años para regresar a un pueblo del que siente morriña. Actualmente trabaja de técnico de enseñanza en la Facultad de Medicina de Oxford y la vida mientras tanto sigue...

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«No hay ni un día que no piense en mi tierra: ¡maldita morriña!»