Pepe Rivera, el emigrante de Viveiro que fabricaba las ilusiones del Teatro Martí

Había nacido en 1878 en Viveiro en una familia de labradores


El 19 de mayo de 1957, en la sección Gente Desconocida, la prestigiosa revista cubana Carteles publicaba un reportaje de seis páginas con el título «Pepe Rivera, el fabricante de ilusiones». El texto era de Onelio Jorge Cardoso, famoso periodista y escritor, y las fotos de José Tabio, luego director del Instituto Cubano de Cinematografía. Pepe Rivera, en efecto, fabricaba ilusiones. Tenía entonces 79 años y llevaba en Cuba 50. En los últimos 30, había sido el encargado de confeccionar los más variados objetos que servían de atrezzo a las obras que se representaban en el gran Teatro Martí de La Habana.

Había nacido, según decía, en Viveiro (Lugo) en 1878 en el seno de una familia de labradores. De niño, trabajó la tierra pero no le gustaba y pronto aprendió a coser con un sastre que iba de casa en casa haciendo arreglos o ropa a medida. Luego fue carpintero y en 1907 emigró a Cuba. Apenas ganaba para sobrevivir pero sabía manejar con destreza el cantil, a eixola, el serrón, la cepilladora… Con ese bagaje llegó a La Habana. Y no le resultó difícil encontrar trabajo de ebanista en un taller. Supo adaptarse a las modernas herramientas, a la nueva realidad y a un país diferente. Nacía la República de Cuba, el futuro era alegre y confiado, y todo estaba por hacer.

Rivera se integró de lleno en esa emergente sociedad. Vestía guayabera o traje blanco, fumaba puros, usaba sombrero Panamá. Le gustaba bailar el son, los aguacates, las mulatas. Se enamoró de una, llamada Sara, con la que tuvo ocho hijos ?Neira Vilas dice que eran cuatro- de los que sólo sobrevivió uno, Alberto. Con ella vivió lunas de miel y de hiel pues, antes de morir, permaneció inválida en cama durante 18 años...

Un bohemio de O Vicedo

Un día, Rivera conoció a un tipo juerguista y jaranero que resultó ser de O Vicedo. Tenía siete años menos que él y había llegado seis antes. Era un hombre culto y leído, sensible y gozador. Trabajara de tramoyista en el Teatro Alhambra y acababa de regresar de México con la compañía de Arquímedes Pous. El tipo, bohemio y aventurero, se llamaba Agustín Rodríguez y por entonces ya estrenara su primera obra de teatro, Cuba se hunde, y era un reconocido letrista y guionista al que llamaban músicos y empresarios para sus trabajos en El Molino Rojo, el Teatro Martí o el Alhambra.

Por su influencia y mediación, Pepe Rivera dejó la carpintería a los 49 años y se puso a trabajar como utilero en el Martí. Se encargaba de construir los enseres y objetos que aparecen en el escenario en cada función teatral. Ese fue su oficio para siempre, su vocación y su pasión finalmente encontrada. En él alcanzó singular habilidad y gran renombre. Se pasó 40 años bregando en el sótano del popular teatro, elaborando los más variados objetos que le ponían cara a la fantasía. Onelio Jorge Cardoso lo calificó de «fabricante de ilusiones». Y acertó…

Su mejor momento cuando A. Rodríguez arrendó el Teatro y creó la compañía de Zarzuelas

martinfvizoso@gmail.com

Pepe Rivera vivió su mejor momento cuando su amigo Agustín Rodríguez regentó el Teatro Martí. El vicedense, que llegara a Cuba en 1901 con 16 años y huérfano de padre, había trabajado en el Teatro Alhambra como tramoyista, apuntador y director-autor de obras. En 1927 se asoció con un emigrante de Negreira (A Coruña), Manuel Suárez Pastoriza, dueño de un popular café de La Habana, y alquiló el Martí y creó la Compañía de Zarzuelas Cubanas con Gonzalo Roig, Rodrigo Prats o Ernesto Lecuona como compositores y directores de orquesta.

Entonces, el Martí se convirtió en el teatro favorito del público. Y Pepe Rivera, en el autor del atrezzo de las muchas obras que se estrenaban. Algunas de ellas fueron claves en la historia de Cuba porque supieron recoger el alma cubana y el modo de ser de sus gentes y lograron crear el imaginario social que se asocia a lo cubano, a la cubanía… Fueron Amalia Batista o Cecilia Valdés pero también La hija del sol, Habana de noche, El pirata, etc., algunas de las 1.087 que escribió el propio Agustín Rodríguez.

El éxito del vicedense y de sus famosas canciones -Quiéreme mucho, Ojos brujos, La veguerita o Amalia Batista, entre otras- posibilitó a Rivera vivir en primera persona una época dorada y glamurosa de La Habana en los años 30 y 40. Y en los 50, también por medio de su amigo, pudo ambientar más de 50 zarzuelas y sainetes que se estrenaron en el espacio Gran Teatro del Canal 6, en los inicios de la televisión cubana.

La muerte de Agustín el 2 de octubre de 1957 sumió en la orfandad a Pepe Rivera que, aún así, siguió trabajando en el Martí hasta su muerte en los años 60.

A los 79 años aún trabajaba para grandes actores y compañías de Cuba

Pepe Rivera era un artesano que modelaba los materiales con que se visualizan los sueños. Y lo hacía mientras cantaba y silbaba jotas y muiñeiras según el citado reportaje. Así montó muchas comedias, sainetes y zarzuelas que eran la especialidad del Martí y que seguían con fruición miles de habaneros. Adornó obras de primeras actrices como Candita Quintana o Rita Muntaner la única. De empresas como la de Maruja González, Alberto Garrido o la Compañía de Zarzuelas Cubanas que dirigía Agustín Rodríguez. O de obras tan notables en Cuba como María Belén Chacón, La dama de la noche, Amalia Batista o Cecilia Valdés.

La mayor parte de su tiempo lo pasaba en el subterráneo del teatro, un mundo maravilloso poblado de seres irreales y miles de objetos creados por su mano. Allí había de todo: cabezas de monstruos, calaveras, laúdes, una sarta de chorizos de cartón que parecían rezumar grasa de barniz, caballos voladores, armaduras, esqueletos, la cabeza de un toro que nunca fue a la lidia, arañas colgadas del techo, espadas, un tiburón de color con dientes de aluminio que daba más risa que miedo, princesas y dragones, brujas y arlequines y hasta una sensual bailarina de rígidas caderas y vivo color canela…

Pepe era bajo, de pocas palabras, infinita paciencia y voz cálida, pausada y dulce. El hombre se parecía a su voz. En el reportaje, evocaba con un punto de nostalgia y un poco indisimulado orgullo que «cuando surgió la televisión en 1950 tuve una época buena, me alquilaban cosas para los programas».

A sus 79 años, seguía trabajando. Pero no tenía interés alguno en ser recordado. Él era un trabajador en bambalinas que, alguna vez, en un descuido, por un descosido del telón, alguien pudo ver llevando al hombro un brioso caballo de madera y un cartón con una escena rural antes de que, en el acto siguiente, la hermosa rubia que protagonizaba la función saliese cabalgando el impetuoso corcel… En el sótano del teatro era otra cosa. Allí estaba su reino en este mundo.

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