Chocolate argentino con acento de Trives

Un siglo de historia familiar vinculada al aroma del cacao


Buenos Aires

Corría 1910 y José Salgado emigraba a Buenos Aires desde Pobra de Trives, en Ourense, con su madre y una tostadora de cacao. Como tantos otros gallegos, iba a labrarse un porvenir en la otra orilla del Atlántico. Y lo consiguió. En la ciudad porteña inauguraría, en 1918, su fábrica de chocolate, cual Willie Wonka gallego. Chocolates Fénix se encuentra en el barrio de Constitución y tiene más de cien años de historia. Solo hace falta abrir la puerta de la entrada para percibir el intenso aroma del cacao que, más de un siglo después, sigue siendo la piedra angular del negocio.

Los descendientes de José Salgado, José Enrique Salgado padre y José Rodrigo Salgado hijo, han continuado con el legado del primer José. «Antes de instalar la fábrica en Argentina, mi bisabuelo tuvo un molino en Galicia», explica José Rodrigo. Su padre muestra unas fotografías. Es un paisaje típicamente gallego: una construcción de piedra del siglo XVII que se encuentra sobre el río Cabalar. En ese molino antiguo, a un par de kilómetros de Trives, su antepasado molió los primeros granos de chocolate.

A día de hoy, Chocolates Fénix sigue siendo un negocio fuerte que vende su cacao al por mayor: cafeterías, restaurantes gourmet o heladerías son sus principales clientes. Su obsesión es conservar la técnica tradicional del tueste de los granos para ofrecer un producto artesanal. Han tenido que atravesar diversas crisis debido a la situación económica que vive Argentina. «Aquí se prende fuego cada poco», comenta José Enrique. A pesar de ello, dice su hijo, «como el ave Fénix, siempre resurgimos». No saben si el nombre de la fábrica se debe a esta leyenda, pero es significativo. «Quizás mi bisabuelo tuvo un tropezón», se arriesga a deducir José Rodrigo.

La fábrica fue proveedora oficial de la Casa Real de Alfonso XIII en 1930. Además, colaboró con empresas como Nestlé o Havana, que confiaba en ellos para hacer la cobertura de sus alfajores. Tres antiguos diplomas colgados en las paredes del despacho corroboran que su chocolate ganó premios internacionales en Milán, Barcelona y Florencia. 

Cuatro generaciones de Josés

José Salgado falleció ocho años después de fundar la fábrica. Como su hijo era demasiado pequeño, su mujer se casó con un primo de José que conocía el negocio. Desde entonces, la empresa ha ido pasando de generación en generación, cuatro en total, hasta llegar al último José. Puede parecer que la historia de la familia se ha perdido en ese siglo, pero José pudo recuperarla cuando volvió a Galicia a los 28 años. «Yo iba nada más que sabiendo cuentos sobre mi bisabuelo, pero en los pueblos de Galicia es como si el tiempo pasara más lento, y la familia que tengo allí se acordaba de todo», rememora. «Habían pasado 90 años pero era muy sencillo preguntar», prosigue. «Fíjate como es el destino que, quince días antes de ir a Trives, me llegó un email de un primo lejano que seguía viviendo en la casa de Sardeña donde nació mi bisabuelo y pude ir a visitarla».

Pero no es la única historia que le contaron. «Cuando la familia volvía a Trives les llamaban los chés», explica. «Además, mi abuelo era la sensación del pueblo porque traía cosas que en Galicia no había, como un monopatín». En el despacho de la fábrica hay toda una serie de fotografías de la familia que penden de los muros. Son muy antiguas, en blanco y negro. En una de ellas se encuentra José Salgado con su mujer y sus dos hijos. «Mi bisabuelo vivía en la primera planta de la fábrica, como era costumbre en la época», cuenta José Rodrigo. En esa planta construyó un patio andaluz. Ahora la casa está cerrada y ya no vive nadie en ella.

Hasta los años 70, la fábrica se centró en el consumo masivo del chocolate, pero cuando llegaron nuevos tiempos, cambiaron el foco. «Nos dimos cuenta de que nuestra oportunidad de negocio se encontraba en vender a otros productores», explica José Enrique. «Era necesario invertir en márketing y publicidad y se nos hacía difícil competir con otras empresas, por lo que nos hemos centrado en producir para otros», cuenta José Rodrigo. De esta forma, la fábrica puede seguir cumpliendo con el objetivo que siempre ha tenido: ofrecer un chocolate de calidad.

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