Un gallego recupera la reserva senegalesa de Dindefelo

Roberto Martínez Orosa trabaja desde hace más de un año con el Instituto Jane Goodall España, dedicado a la conservación de los chimpancés

Roberto, primero por la derecha en la fila inferior, con otros miembros de su equipo.
Roberto, primero por la derecha en la fila inferior, con otros miembros de su equipo.

Redacción / La Voz

Senegal no es el primer destino extranjero de Roberto, pero se ha convertido en el hogar de este ingeniero forestal de Lugo desde hace más de un año. Y los miembros del Instituto Jane Goodall España, su familia. «Tan lejos de nuestro país, los lazos de amistad entre nosotros se crean a una velocidad sorprendente y perduran más allá de la estancia aquí». La aventura africana de este lucense comenzó el 23 de febrero del 2013. Antes había vivido en otros lugares bien distintos (Asia central, en la República Checa y Francia) y una oferta de trabajo como voluntario en el IJGE lo llevó a su actual destino.

La conocida fundación dedicada a cuidar a los chimpancés de todo el mundo trabaja en el sureste Senegal desde el 2007. Las montañas del Fouta Jallon, ubicadas en la frontera con Guinea-Conakry están consideradas un área de extrema importancia para la conservación de la familia de animales de África del oeste, donde ya quedan menos de 500 ejemplares.

Roberto es el responsable del departamento de sostenibilidad agroforestal, que coordina la recuperación ecológica del valle, con acciones como la creación de una guía botánica o el apoyo técnico y formación a la población local. Todo el equipo es español, excepto una alemana; y junto a Roberto, dos gallegas más: Carla, una bióloga coruñesa, y María, antigua compañera de facultad de Roberto.

«Pensaba quedarme seis meses y proseguir un increíble viaje por tierra a Gabón, pero llevo ya más de un año aquí y no tengo perspectivas de marcharme», cuenta Roberto. Reconoce que la vida es dura, o más bien muy básica: la comida es casi siempre la misma, no tienen acceso a electricidad ni agua corriente, «lo que es un lujo de lo más minusvalorado», reflexiona. Viven en construcciones de bambú, barro y paja y las temperaturas son extremas. «Los mosquitos, las enfermedades y el aislamiento de la zona constituyen los principales inconvenientes de la vida aquí». Pero allí donde hay inconvenientes, él ve oportunidades: «La falta de electricidad hace que tengamos más tiempo para estar con nuestras familias africanas y para nosotros mismos, todos los miembros del IJGE vivimos con una familia». Y destaca ejemplos de superación entre la veintena de personas que participan en este proyecto: como el de Manu, que perdió 25 kilos a su llegada a Senegal, hace dos años, y allí sigue; o la de Silvia Rivera, una administrativa que, sin tener ninguna formación en primatología, se fue a Senegal movida por su adoración a los primates; y Asher y Covi, una pareja que trabaja en la frontera, en una zona sin ningún tipo de servicio y a los que solo ven una vez al mes.

La organización trabaja gracias a los donativos y apadrinamientos de chimpancés, pero también organizan cursos de verano en los que ofrecen a la sociedad la oportunidad de conocer sus trabajos en el terreno. En los próximos meses se celebrarán varios de ecoturismo y primatología en esta zona remota de África.

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