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Dos hijos en la guerra de Irak

La laxense Marisa Gil recuerda los meses de angustia cuando sus vástagos combatían por el Reino Unido

carballo / la voz, 10 de octubre de 2017. Actualizado a las 05:00 h. 0

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Marisa Gil Varela (69 años), vecina de Laxe, emigró a Inglaterra muy joven, en 1966. Allí pasó 30 años que la marcaron mucho, para bien. Con experiencias que no se olvidan jamás. Conoció a su marido, inglés, tuvo tres hijos y dos de ellos combatieron en la guerra de Irak al mismo tiempo, aunque separados. Recuerda con gran detalle aquellos angustiosos meses. «Me pasaba día y noche viendo la televisión, la CNN y BBC News. Cada vez que paraba un coche delante de mi casa y no lo conocía, me deshacía, salía a la puerta con miedo. ¿Será por mis hijos? Les daban diez minutos para hablar por teléfono con la familia, vía satélite. Al acabar me preguntaba: ¿volveremos a hablar otra vez? Y así siempre».

Podría escribir un libro con todos los detalles de aquellos días que empezaron en diciembre de 1990 y terminaron unos meses más tarde, porque guarda material y un diario. Pero con lo que conserva en su memoria ya basta. Charles, el mayor (1969), y Mark (1971) formaban parte del Ejército y Marisa sabía que, tal y como estaban las cosas, podían ser llamados para volar a Irak, que había invadido Kuwait, en cualquier momento. Las Navidades de 1990 fueron de muchos nervios. Pero se dispararon a partir del 15 de enero, cuando estalló la guerra. «El día que entraron en acción lo recuerdo como si fuese ayer», dice. Las imágenes de Bush, anunciando los ataques y pidiendo que rezasen por los soldados, o las conversaciones telefónicas. «Ellos nos daban ánimos a nosotros», recuerda Marisa.

El hijo pequeño, que entonces tenía 12 años, también lo pasaba mal en la escuela por la situación y el riesgo que corrían sus hermanos. «No quería ir. Yo le decía que teníamos que ser valientes, continuar con nuestra vida como si no pasara nada».

El director del colegio quiso darle un trato especial, y todos sus compañeros decidieron escribirles cartas y mandarles regalos a sus hermanos. Fue muy bonito, dentro de la situación que pasábamos».

Mark y Charles estaban en batallones diferentes, así que no coincidían en sus misiones. Pero el mayor llevaba un camión con una especie de cartel en el que avisaba de que, si alguien conocía a su hermano (indicaba el nombre) le avisase. «Pero no hubo suerte», recuerda la madre. Sí la hubo (no podría ser mayor) para terminar la guerra sin que les pasase nada. Marisa recuerda cuando les dio a cada uno una medalla de Santa Rosa, advocación con mucho predicamento y devoción en Laxe, con la capilla en lo alto de una colina. «Y las quiero de vuelta», les insistió. Una volvió, pero la otra se quedó en el desierto por un descuido.

A Mark le tocaría regresar de nuevo a Irak en lo que se denominó la segunda guerra, y más tarde también estuvo destinado en Bosnia, pero en misión humanitaria, con la ONU. Alguna vez contó que las atrocidades que se cometieron en los Balcanes no tenían parangón.

Hoy, los dos hermanos tienen su vida en Inglaterra (el pequeño vive en los Emiratos Árabes), y de vez en cuando acuden a Laxe, donde residen sus padres. O al revés. La guerra no los separó.

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