Publicidad
Publicidad

De la refinería a una revuelta ciudadana en Irán

Dejó su carrera profesional como consultora química en Londres, con la que recorrió el mundo, por sus hijos

PONTEVEDRA / LA VOZ, 20 de abril de 2017. Actualizado a las 11:17 h. 0

0
0
0
0

Pocos minutos después de comenzar una boda en Pontevedra que contaba con la presencia de varios periodistas, Silvia Fernández Tobío se puso junto a los novios con dos folios escritos por las dos caras y, leyendo lo que había escrito esa misma semana, -le avisaron de que tendría que leer en la ceremonia hacía solo unos días- empezó a arrancar carcajadas a todos los presentes hasta conseguir hacer llorar a unos cuantos. Terminó y se sentó en su sitio. Fue una de esas actuaciones en las que no hay disparidad de opiniones, y será la que recuerden los asistentes cuando piensen en aquellos discursos. Pocos de entre quienes no la conocían imaginaban entonces que veinticuatro horas después estaría aterrizando en Londres, donde acaba de dejar una carrera profesional de once años viajando por el mundo como consultora de plantas químicas.

Cuando intenta explicar el que fue su trabajo durante más de una década, Silvia es tan clara como lo fue en aquellos dos folios por las dos caras: tenía que repasar in situ y uno a uno todos los elementos que forman parte de fábricas que emplean químicos y que podrían resultar peligrosos en caso de emergencia. También analizaba exactamente qué ocurriría si llegara a producirse un desastre en ella y cómo, y a cuánta gente y bienes materiales afectaría.

Fue haciendo esta labor como recorrió medio mundo. Cuarenta países para ser exactos. Visitó gran parte de las refinerías que hay en lugares tan y tan poco exóticos como Cuba, Brasil, Colombia, Sudáfrica, Corea del Sur o Japón. Tras dos meses en el país nipón comenzó su historia de amor con Alfredo Verna, un compañero de trabajo italiano con quien ya había hecho varios viajes de trabajo. Hoy habla desde Torino, la ciudad natal de aquel hombre, con el que ahora comparte un matrimonio y dos hijos, Carlo y Julieta.

Fue también su empleo el que la llevó en el 2009 a Teherán. Tenían que llevar a cabo una consultoría en una planta coincidiendo con las elecciones nacionales. La semana previa a los comicios las calles se fueron llenando de gente que protestaba por la posible reelección de Mahmud Ahmadineyad. «Pero eran protestas divertidas, la gente salía y estaba alegre», explica Silvia. En aquella misión coincidían con dos grupos más de otros países con los que habían tejido una amistad y con quienes convivirían un mes.

Cuando el día de las elecciones terminaron su trabajo, la joven pontevedresa llamó a su madre. Esta le preguntó si estaba bien y si se había enterado de lo que estaba ocurriendo en Irán. Lo cierto es que no lo había hecho, así que abrió la ventana y vio sobre la capital, al fondo, una nube negra, como si la ciudad entera estuviese en llamas. Cogieron un taxi. «Sonaban los Gipsy Kings, nunca lo olvidaré», y pusieron rumbo al hotel. Tras enfilar una de las grandes avenidas se encontraron una línea de fuego que separaba a los manifestantes de la policía. Se asustaron, sobre todo cuando vieron al taxista bajar la ventanilla y comenzar a gritar. Solo querían llegar al hotel, situado frente a una embajada. El conductor arrancó, pero rápidamente dio la vuelta, regresó al lugar de los disturbios y salió del taxi para unirse a las protestas y gritos de sus compatriotas. En las autovías que rodeaban Teherán llovían macetas y otros objetos que la gente, indignada, tiraba desde los puentes que las cruzaban. Creían que había habido «tongo». «Las urnas eran como neveras de playa; era imposible que hubiesen contado todos los votos cuando todavía estaba la gente depositándolos». Lo reconoce con serenidad la pontevedresa.

Llegó allí a través de una beca de la USC que le abrió las puertas a un máster en Loughborough Universitiy, en Leicestershire. Era ingeniera química y poco después de regresar a Santiago recibió la oferta de trabajo para la consultora. Nunca pensó que tendría que exigir que la sacaran de un país en plena revolución, «una de tantas que se va disipando a media que la gente se calma y lo asume», explica. Su todavía novio le pidió que esperase un día más para garantizar su seguridad. Lo hizo, y una semana después estaban cenando nuevamente en restaurantes.

De Japón aprendió la integridad y honestidad de la gente; de Cuba su filosofía a la hora de tomarse la vida como viene; de Sudáfrica, que el miedo es relativo; y de Colombia, que allí tiene una tercera casa. Pero la lección que más le cambió la vida fue la que le dieron Carlo y Julieta, por los que decidió dejar un trabajo tan absorbente y descubrir que puede volver a ilusionarse con proyectos. Son todos los que la Universidad de Cambridge, en cuya Oficina Estratégica de Investigación trabaja desde febrero, tiene por el mundo. Y en casa.

Comentarios 0

Este proyecto ha sido cofinanciado por