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«El capitán con más experiencia de Galicia me enseñó a no fiarme de nadie»

Dice que vio las orejas al lobo el día que quedaron sin máquina a merced del temporal

vigo / la voz, 11 de enero de 2018. Actualizado a las 05:00 h. 0

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Estaba claro que el mar iba a ser un ingrediente imprescindible en la vida profesional de Pablo Fernández (Boiro, 1982). Su padre es jefe de máquinas y buena parte del resto de la familia se dedica a tareas pesqueras. Confiesa que uno de sus mayores entretenimientos de niño era echar la caña en la playa que tenía al lado de casa en Abanqueiro. Cuando llegó la hora de matricularse en la universidad eligió Ciencias del Mar, pero enseguida descubrió que aquello no era lo suyo. «No me gustaba, necesitaba estar más en contacto con la sal», dice. Y vaya si lo logró. En el 2013 se convirtió en el capitán más joven de los que faenan en Malvinas, con 37 hombres a sus órdenes y al timón de un congelador de 70 metros de eslora.

-Entonces, lo de la universidad duró poco ¿no?

-Un curso. Con 20 años regresé a casa, compré un barco de bajura y me convertí en autónomo, pero pronto descubrí que quería ir más lejos, y dos años después vendí el barco y regresé a Vigo, esta vez para cursar estudios de patrón de altura en la Escuela Náutico-Pesquera.

-¿Aquello ya era lo suyo?

-A la vista está que sí. En las vacaciones ya me enrolé como marinero en un barco de Gran Sol. Era duro pero me gustó lo que vi. Tanto que al año siguiente elegí Gran Sol para hacer los cuatro meses de prácticas obligatorias.

-¿Fue allí dónde descubrieron sus dotes para el cargo?

-Lo de encontrar trabajo de oficial fue una carambola. Mi madre comentó con una persona que ya tenía el título de patrón y, curiosamente, sabía que la armadora Chymar estaba buscando un segundo oficial, y como yo ya tenía los días de mar necesarios... Me incorporé en el 2007 y aquí sigo.

-Pero no en el mismo puesto. Ahora es el que toma las decisiones.

-Sí. Tuve que quedar en tierra otro año para hacer el curso de capitán porque las atribuciones de un patrón de altura están limitadas a barcos de 50 metros.

-En todos los trabajos las prácticas son tan importantes como lo que se aprende en las aulas, pero en este sector más, ¿no?

-Aquí aprendes a base de echar horas y horas observando lo que hace el capitán. Y yo aprendí con el mejor, porque tuve la suerte de compartir puente con Antonio Fernández Viturro, el capitán con más experiencia de la flota gallega. Le llamaban El Abuelo porque se jubiló con sesenta y muchos años. Le iba tanto la marcha que intentó quedarse en tierra a la edad que le correspondía, pero volvió al mar. Era su vida.

-¿Qué le enseñó El Abuelo?

-A tener temple a la hora de tomar decisiones, siempre bien meditadas, y a no fiarme de nadie. Este es un mundo en el que el engaño es moneda corriente porque hay mucho en juego. Si encuentras un lugar en el que hay mucha pesca y desde otro barco te preguntan cómo lo llevas siempre vas a decir que fatal, que no entra nada en el aparejo.

-¿Cómo es el día a día en un barco de gran altura?

-De estrés puro y de mínimos descansos. Un capitán duerme poco. Se levanta a las 5 de la madrugada y se acuesta a las 12 de la noche. Sabes que tienes los días de contados para pescar y procesar 1.200 toneladas de pescado.

-¿Cuáles son los principales mandamientos del buen capitán?

-Tomar las cosas con calma y tener dos dedos de frente. Las bravuconadas nunca acaban bien. Esos que presumen de trabajar con 50 nudos de viento y olas de 6 metros se exponen a arruinar la campaña y, lo que es peor, a matar a alguien.

-¿Ha tenido problemas para imponer su autoridad por el hecho de ser tan joven?

-Al principio puede que hubiera suspicacias, sobre todo entre los más veteranos, que podían preguntarse qué les iba a enseñar un rapaz. Al final todo se reduce a una cuestión de respeto. Para que te respeten has de ser antes respetuoso. Si algo aprendí de Antonio es que los gritos no sirven de nada. No hace falta decir aquí mando yo para saber quién manda. Si llega ese momento es que algo ha fallado. En este barco todos sabemos el lugar que ocupamos y el que no lo ha sabido ya no está aquí. La convivencia en pocos metros cuadrados no es fácil porque todos tenemos nuestras peculiaridades, pero hay que procurar que lo sea.

-¿Cuál ha sido la situación más peligrosa a la que se ha enfrentado en estos 10 años?

-En el 2014, estando de primer oficial con Antonio, tuvimos una inundación en el puente. Un golpe de mar arrancó una puerta y nos llegó el agua a la cintura. El barco quedó sin máquina, a merced del temporal en plena noche y con olas de hasta nueve metros. Aquella noche le vi las orejas al lobo. No durmió nadie. Acabamos la campaña con un automático, un radar y poco más, casi pescando con caña, pero la acabamos y vinimos cargados. Otro momento malo fue cuando falleció el engrasador de un infarto. Fue duro. No pudimos hacer nada. Accidentes menores son habituales y no es la primera vez que tengo que darle puntos de sutura a algún compañero.

-¿Y el mejor momento?

-Cada llegada a casa, sobre todo desde que nació mi hija. Menos mal que desde hace un año tenemos Internet a bordo y podemos estar conectados las 24 horas. Nos ha cambiado la vida radicalmente.

-¿Qué más ha cambiado en los barcos?

-La tecnología nos permite, por ejemplo, ver lo que está pasando en la red en tiempo real, ver si está cargada y hay que izarla o si está bien colocada. Ahora trabajamos no solo con cabeza, sino con información, pero sobre todo ha cambiado la seguridad a bordo.

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